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El Hermano Mayor
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Abelardo Castillo
Abelardo Castillo nace en la ciudad de Buenos Aires el
22 de marzo de 1935 y decide tomar como lugar de de
nacimiento la ciudad de San Pedro Provincia de Buenos
Aires.
-Lo malo es que a la larga ya no se siente nada
-dijo el más corpulento, el de más edad-. Peor
que eso. Estás esperando que termine de una vez.
-Suspiró entrecortadamente; tres inspiraciones
breves y rápidas. -Hasta te fastidia -murmuró.
-Sí -dijo él-. Supongo que sí.
El hermano mayor estaba sentado y él de pie. No
eran parecidos.
-Hasta te fastidia --repitió el mayor.
El más joven le puso vagamente una mano sobre el
hombro; por un momento dio la impresión de que
iba a tocarle la cara. Fue algo tan fugaz que no
se podía saber si realmente había querido
tocarle la cara. Se limitó a posar una mano
sobre el hombro del otro y a apretar suavemente.
-Calmate - dijo-. Es así; las cosas siempre son
así.
-Sacate de una vez ese sobretodo -dijo el
hermano mayor-. No se sabe si acabás de llegar o
estás por irte.
-Acabo de llegar -dijo él-. También estoy por
irme. El último tren a Buenos Aires sale a la
una.
-¿Cómo sabés que hay un tren a la una?
Él se quitó el sobretodo y lo puso sobre el
escritorio. No se sentó.
-Siempre hubo un tren a la una, ¿no? Y, como vos
decís, en este pueblo no cambia nada.
-Nunca hubo un tren a la una. A la una de la
tarde, sí; pero no a la una de la madrugada. Yo
te voy a decir qué hiciste. Averiguaste el
horario en la estación. No habías terminado de
bajar del tren y ya estabas preguntando a qué
hora tenías otro para volverte.
-No discutamos. No discutamos hoy.
-No estamos discutiendo: te estoy mostrando cómo
sos. Y voy a adivinar algo más. Hasta sacaste el
pasaje. Seguramente ya sacaste el pasaje, para
no arrepentirte.
-No saqué ningún pasaje. -El que estaba de pie
hizo una pausa. -Además, pensaba quedarme esta
noche.
-Pensabas.
-Quiero decir que no sé por qué dije que me iba
a la una.
-Yo sí sé -dijo el mayor-. Porque averiguaste el
horario y porque sos jodido. Los tres siempre
fuimos así: jodidos. En eso sí que nos parecemos
vos y yo.
De alguna parte de la casa llegaban rumores
apagados de voces y la vaharada de las flores.
-Él no era jodido -dijo el que estaba de pie.
-Era un vicio jodido. No se quejó en ningún
momento. La gente, cuando le duele algo, se
queja. 0 grita. 0 pide alguna cosa.
-De qué murió.
La risa del hermano mayor sonó ahogada y
ambigua. Una risa profunda que culminó en un
falsete como un quejido.
-Ésa sí que es una buena pregunta. Dios mío, de
qué murió. El padre estuvo agonizando un año
entero y él viene, antes da una vuelta por la
noche del pueblo, entra en la vieja casa y
pregunta de qué murió.
-Me hubieran avisado con tiempo -dijo él.
El otro, desde abajo, lo miró.
Un reloj de pared dio la campanada de las once y
media. Los dos se quedaron un momento a la
expectativa, como si esperaran otra.
-Mejor salgamos -dijo finalmente el mayor-.
Vámonos al patio, o a caminar por ahí. El olor
de esas flores marea. La casa entera tiene olor
a pantano, a flores corrompidas. -Hablaba sin
ponerse de pie. -Cuando eras chico, te acordás,
siempre querías que te llevara al café de la
estación. Un gran lugar, la estación. Y así, de
paso, no perdés tu tren. 0 mejor vamos hasta el
río.
-Para eso hiciste que me sacara el sobretodo
-dijo el más joven.
El mayor se levantó. Era ancho y más alto que el
otro. Grave e imponente, tenía el aspecto que
debe tener un hermano mayor. Sólo que de pronto
daba la impresión de estar relleno de lana.
Parecía haberse quedado pensando en algo.
-¿Cómo?
-Si para eso me hiciste sacar el sobretodo.
-Usted suénese los mocos y de hoy en adelante
obedezca a su hermano, como dijo el viejo esa
noche. ¿Cuánto hace que la casa no olía de este
modo?
-Les acompaño el sentimiento --dijo de pronto
una vieja, junto a ellos.
-Váyase a la mierda -murmuró suavemente el
mayor-. Gracias -dijo.
-Hace treinta años -dijo el más joven-. Yo tenía
seis y vos once. Ni vos ni papá lloraban.
-Vos sí llorabas. Vos llorabas de veras como un
huérfano. Límpiese esos mocos y obedezca a su
hermano. Siempre fuiste medio marica vos. -Se
rio bruscamente, un cloqueo forzado y cavernoso.
-Siempre había que andar pegándole a alguien por
tu culpa. ¿Por qué no vino tu mujer? Ella lo
quería a papá.
Habían salido de la casa y ahora caminaban por
la vereda. Una calle arbolada de naranjos. Desde
algún lugar de la noche llegaba la música remota
de un baile.
-No estaba. Ella no estaba en casa cuando me
llamaron.
-Las mujeres lo querían, qué cosa tan rara.
Sobre todo las mujeres ajenas. ¿Por qué no
tuvieron hijos ustedes? El viejo siempre quiso
tener un nieto.
-Te hubieras casado vos --dijo él.
-No digas pavadas -dijo secamente el mayor.
El menor lo miró de reojo en la oscuridad.
-Pavadas, por qué.
-El viejo, en cambio... Le tocaba el culo a la
enfermera. Ese culo no se hizo en un ratito,
decía, y se doblaba en dos de la risa, tosiendo
y escupiendo el alma. No se hizo en un ratito.
Hasta que se quedaba quieto, resollando con los
ojos en blanco... Ella ha de madrugar mucho, tu
mujer; yo te hice llamar a la cinco de la
mañana... Se murió de dolor, ya que te interesa
tanto saberlo. Era como ver agonizar a un buey,
como si lo carnearan vivo. Se le reventó el
corazón, por no gritar. Cuando lo abrieron no
tenía pulmones, ni hígado, pero murió de un
ataque cardíaco. ¿Cómo se puede saber lo que le
pasa a un hombre si no te dice qué le pasa?
¿Cómo puede saber un hijo qué le duele al padre,
si el padre, mientras se muere, les toca el culo
a las enfermeras y se ríe? Era un viejo muy
jodido, te lo juro.
En dirección a ellos venían tres o cuatro
personas; la luz de un zaguán iluminó un ramo de
flores blancas.
Ellos cruzaron la calle y cambiaron de vereda.
-Pero vos tuviste una novia -dijo el menor.
-¿En qué te quedaste pensando? Tuve, sí. Él me
la quitó. Papá. Los encontré una tarde, a la
siesta, en la cama grande. Yo había ido a
Rosario por un asunto del juzgado, y volví
antes. Ahí estaban, en la cama de mamá. No te
preocupes: no me vieron. Quería tanto un nieto
que casi se lo hace él mismo. No debiste dejar a
esa chica, me dijo después, era una buena chica.
Hubiera sido una buena mujer, se parecía a tu
madre. ¿Qué se hace con un padre así?
-No llores -dijo él.
-Al final te fastidia, carajo.
-Esta calle está igual, hasta la música parece
la misma. Una vez me llevaste a un baile.
-Un año entero muriéndose, hasta que uno termina
por rezar para que se muera realmente. Nunca
supe si le dolía algo. No se puede hacer eso, un
hijo no merece eso. Qué te voy a llevar a un
baile, nunca bailé.
-Me llevaste, era verano, pediste una naranjada
con ginebra. Para el nene, dijiste, una bolita.
-¿Una bolita? Había una bebida que se llamaba
bolita. Pero eso era antes de que naciéramos.
Mamá nos contaba. Vos ni debés saber por qué le
decían bolita.
-No sólo lo sé: me acuerdo.
-Por qué, a ver.
-Por la tapa. En vez de tapa, tenía una bolita
de vidrio.
-Pero si ni siquiera yo vi ninguna. No puedo
haberte pedido una bolita.
-La pediste. Seguramente fue una broma. Yo te
veía tomar la naranja con ginebra y me parecías
un fenómeno. Noches de Budapest: te apuesto a
que ese fox-trot que están tocando se llama
Noches de Budapest.
-¿Y Vos?
-Yo qué.
-Qué tomaste, vos qué tomaste esa noche.
-No sé qué tomé. Pero me acuerdo perfectamente
de la bolita de vidrio.
Siguieron caminando en silencio. La primera vez
que estaban en silencio desde que se habían
encontrado.
-Gracias -dijo de pronto el mayor-. Ya estoy
bien. Ustedes, a veces, tienen esas cosas.
-Me separé -dijo él-. Por eso no se enteró lo de
papá.
-Con quién la encontraste.
-Con nadie. Ella me encontró.
-Pero vos la querías. Cuando estuvieron acá se
veía de lejos que la querías. Y ella te miraba
como si fueras de oro.
-Hace diez años que estuvimos acá. Fuera de este
pueblo, el tiempo pasa en serio.
-Pero vos la querías.
-Claro que la quería, todavía la quiero. Eso qué
tiene que ver.
-Nada, me imagino. En esto también sos hijo del
viejo. ¿Vos sabías que él la engañaba a mamá?
Estaban sentados en uno de esos bancos de plaza
que hay al frente de ciertas casas de pueblo. El
reloj del Cabildo dio la medianoche.
-Cómo que la engañaba a mamá. Cuándo la
engañaba.
-Cuando podía, y podía siempre. Lo supe a los
diez años. Fue como lo de la cama grande pero en
la cama del finado tío Carlos.
-¿Con la tía Matilde?
-No. O a lo mejor también con la tía Matilde,
pero sobre todo con una de las mellizas.
-¿Las hijas de tía? ¿Con las dos?
-Con una. De cualquier modo eran idénticas: una,
un poco más rubia. No te asombre que alguna
noche las confundiera. El viejo nunca fue muy
detallista.
-Pero con cuál.
-Qué sé yo con cuál, qué importancia tiene con
cuál. Por eso tuvieron que irse del pueblo.
-Y vos cómo lo supiste.
-Te acabo de decir que los vi. Yo tendría diez
años y esa noche él me llamó al escritorio. En
los grandes momentos nos trataba de usted, te
acordás. Usted es muy chico para saber qué es el
amor. Yo la quiero a su madre, y eso es una
cosa; pero hay muchas mujeres en el mundo, y eso
es otra cosa. Lo importante era no confundir a
las mujeres, que son muchas, con el amor, que es
uno solo. Y que si mamá llegaba a enterarse él
me cortaba los huevos. No le veo la gracia.
-Que te los cortó. Perdoname que me ría, pero te
los cortó. Seguí, no me hagas caso.
-Estás despertando a los que duermen. Si es que
duermen. Estos bancos dan siempre a una ventana,
detrás de la ventana siempre hay un solterón
insomne o una vieja que teje en la oscuridad o
un viejo marica que no sabe qué hacer de su
vida. Ponen bancos para que los que andan de
noche por la calle se sienten y hablen.
-Contame algo de mamá.
-Mamá era mamá No tenía historias.
Se pusieron de pie. Un pájaro sobresaltado o un
murciélago chocó contra el farol de la esquina.
La luz se apagó durante un instante pero volvió
a encenderse de inmediato. El mayor se había
tomado instintivamente del brazo del otro. O tal
vez lo había tomado del brazo.
-Puedo quedarme, si querés.
El mayor se detuvo, sin soltarlo.
-Qué cosa rara estás pensando.
-Yo, nada. Pero es cierto, cuando venía en el
tren pensé que yo también estoy un poco solo.
El hermano mayor lo soltó.
-Vos también. ¿Y quién es el otro? ¿O hablás en
general, o estás hablando de la gente? Vos y yo
no podemos vivir juntos.
-No dije quedarme a vivir.
-Ya sé lo que dijiste. Hablame del baile.
-Qué baile.
-El baile al que te llevé. El baile de la
bolita.
-Ya te lo conté. Me acordé por la música.
El más joven se detuvo y giró la cabeza,
desconcertado. Sólo se oía el paso del viento
entre las ramas. La música ya no se oía.
-Cambió el viento -dijo el mayor.
-Qué raro oír eso. Oír que ha cambiado el
viento. En las ciudades nadie dice una cosa así.
Nadie se da cuenta cuando cambia el viento.
El que se detuvo ahora fue el hermano mayor. En
la oscuridad del empedrado se oyeron, lentos,
los cascos de un caballo.
-Estás de suerte. Aunque no quieras creerlo, eso
que viene allá es un mateo. ¿Cuántos años hace
que no ves un coche a caballo? Te invito. Quién
te dice que no es el último mateo del mundo.
-No tenemos tiempo.
-Cómo que no. Tenemos casi media hora.
-Antes de irme, quiero verlo.
-No queda mucho para ver. Haceme caso. No hay
que mirar a los muertos. Cuando se mira a un
muerto, en realidad es la muerte la que nos
mira. Mejor recordalo como al baile y a la
botella de bolita. Vamos. Te llevo a la
estación. |
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