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A mi,
tan luego, hablarme del finado Francisco Real.
Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus
barrios porque el sabía tallar más bien por el
Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y
la Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y
ésas en una misma noche, pero es noche que no se
me olvidará, como que en ella vino la Lujanera
porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez
dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes,
claro que les falta la debida esperiencia para
reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el
Pegador, era de los que pisaban más fuerte por
Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el
cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás
Paredes, que era uno de los hombres de Morel.
Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en
un oscuro, con las prendas de plata; los hombres
y los perros lo respetaban y las chinas también;
nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes;
usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la
melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como
quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos
hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche
nos ilustró la verdadera condicion de Rosendo.
Parece cuento, pero la historia de esa noche
rarísima empezó por un placero insolente de
ruedas coloradas, lleno hasta el tope de
hombres, que iba a los barquinazos por esos
callejones de barro duro, entre los hornos de
ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele
guitarriar y aturdir, y el del pescante que les
tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le
atravesaban al moro, y un emponchado iba
silencioso en el medio, y ése era el Corralero
de tantas mentas, y el hombre iba a peliar y a
matar. La noche era una bendición de tan fresca;
dos de ellos iban sobre la capota volcada, como
si la soledá juera un corso. Ese jue el primer
sucedido de tantos que hubo, pero recién después
lo supimos. Los muchachos estábamos dende
tempraño en el salón de Julia, que era un galpón
de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el
Maldonado. Era un local que usté lo divisaba de
lejos, por la luz que mandaba a la redonda el
farol sinvergüenza, y por el barullo también. La
Julia, aunque de humilde color, era de lo más
conciente y formal, así que no faltaban
músicantes, güen beberaje y compañeras
resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era
la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas.
Se murió, señor, y digo que hay años en que ni
pienso en ella, pero había que verla en sus
días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
La
caña, la milonga, el hembraje, una
condescendiente mala palabra de boca de Rosendo,
una palmada suya en el montón que yo trataba de
sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba
lo más feliz. Me tocó una compañera muy
seguidora, que iba como adivinándome la
intención. El tango hacía su voluntá con
nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos
ordenaba y nos volvía a encontrar. En esa
diversion estaban los hombres, lo mismo que en
un sueño, cuando de golpe me pareció crecida la
música, y era que ya se entreveraba con ella la
de los guitarreros del coche, cada vez más
cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por
otro rumbo, y volví a atender a mi cuerpo y al
de la companera y a las conversaciones del
baile. Al rato largo llamaron a la puerta con
autoridá, un golpe y una voz. En seguida un
silencio general, una pechada poderosa a la
puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era
parecido a la voz.
Para
nosotros no era todavía Francisco ReaI, pero sí
un tipo alto, fornido, trajeado enteramente de
negro, y una chalina de un color como bayo,
echada sobre el hombro. La cara recuerdo que era
aindiada, esquinada.
Me
golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro
atolondrado me le jui encima y le encajé la
zurda en la facha, mientras con la derecha
sacaba el cuchillo filoso que cargaba en la sisa
del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba
a durarme la atropellada. El hombre, para
afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un
lado, como despidiéndose de un estorbo. Me dejó
agachado detrás, todavía con la mano abajo del
saco, sobre el arma inservible. Siguió como si
tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que
cualquiera de los que iba desapartando, siempre
como sin ver. Los primeros -puro italianaje
mirón- se abrieron como abanico, apurados. La
cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba
el Inglés esperándolo, y antes de sentir en el
hombro la mano del forastero, se le durmió con
un planazo que tenía listo. Jue ver ése planazo
y jue venírsele ya todos al humo. El
establecimiento tenía más de muchas varas de
fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de
punta a punta, a pechadas, a silbidos y a
salivazos. Primero le tiraron trompadas,
después, al ver que ni se atajaba los golpes,
puras cachetadas a mano abierta o con el fleco
inofensivo de las chalinas, como riéndose de él.
También, como reservándolo pa Rosendo, que no se
había movido para eso de la paré del fondo, en
la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro
su cigarrillo, como si ya entendiera lo que
vimos claro después. El Corralero fue empujado
hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento
de chamuchina pifiadora detrás. Silbando,
chicoteado, escupido, recién habló cuando se
enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se
despejo la cara con el antebrazo y dijo estas
cosas:
Yo
soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy
Francisco Real, que le dicen el Corralero. Yo
les he consentido a estos infelices que me
alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es
un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo
que en estos andurriales hay uno que tiene
mentas de cuchillero , y de malo , y que le
dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me
enseñe a mi, que soy naides, lo que es un hombre
de coraje y de vista.
Dijo
esas cosas y no le quitó los ojos de encima.
Ahora le relucía un cuchillón en la mano
derecha, que en fija lo había traído en la
manga. Alrededor se habían ido abriendo los que
empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en
un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego
que tocaba el violín, acataba ese rumbo.
En
eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en
el marco de la puerta seis o siete hombres, que
serían la barra del Corralero. El más viejo, un
hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano,
se adelantó para quedarse como encandilado por
tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con
respeto. Los otros vigilaban, listos para
dentrar a tallar si el juego no era limpio.
¿;Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no
lo sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía
callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé
si lo escupió o si se le cayó de la cara. Al fin
pudo acertar con unas palabras, pero tan
despacio que a los de la otra punta del salón no
nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a
desafiarlo y él a negarse. Entonces, el más
muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo
miró aborreciéndolo y se abrió paso con la
crencha en la espalda, entre el carreraje y las
chinas, y se jue a su hombre y le metió la mano
en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y
se lo dió con estas palabras:
Rosendo, creo que lo estarás precisando.
A la
altura del techo había una especie de ventana
alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos
recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si
no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia
atrás y voló el cuchillo derecho y fue a
perderse ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como
un frio.
De
asco no te carneodijo el otro, y alzó, para
castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le
prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró
con esos ojos y le dijo con ira:
Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un
hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y
luego la abrazó como para siempre y les gritó a
los musicantes que le metieran tango y milonga y
a los demás de la diversión, que bailaramos. La
milonga corrió como un incendio de punta a
punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna
luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y
grito:
¡;Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo
dormida !
Dijo, y salieron sien con sien, como en la
marejada del tango, como si los perdiera el
tango.
Debí
ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas
con alguna mujer y la planté de golpe. Inventé
que era por el calor y por la apretura y jui
orillando la paré hasta salir. Linda la noche,
¿;para quien? A la vuelta del callejón estaba el
placero, con el par de guitarras derechas en el
asiento, como cristianos. Dentre a amargarme de
que las descuidaran así, como si ni pa recoger
changangos sirviéramos. Me dió coraje de sentir
que no éramos naides. Un manotón a mi clavel de
atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me
quedé un espacio mirándolo, como para no pensar
en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez
en el día siguiente, yo me quería salir de esa
noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi
un alivio. Era Rosendo, que se escurría solo del
barrio.
Vos
siempre has de servir de estorbo, pendejo me
rezongó al pasar, no sé si para desahogarse, o
ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del
Maldonado; no lo volví a ver más.
Me
quedé mirando esas cosas de toda la vida cielo
hasta decir basta, el arroyo que se emperraba
solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón
de tierra, los hornos y pensé que yo era apenas
otro yuyo de esas orillas, criado entre las
flores de sapo y las osamentas. ¿;Que iba a
salir de esa basura sino nosotros, gritones pero
blandos para el castigo, boca y atropellada no
más? Sentí después que no, que el barrio cuanto
más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿;Basura? La milonga déle loquiar, y déle
bochinchar en las casas, y traía olor a
madreselvas el viento. Linda al ñudo la noche.
Había de estrellas como para marearse
mirándolas, una encima de otras. Yo forcejiaba
por sentir que a mí no me representaba nada el
asunto, pero la cobardía de Rosendo y el coraje
insufrible del forastero no me querían dejar.
Hasta de una mujer para esa noche se había
podido aviar el hombre alto. Para esa y para
muchas, pensé, y tal vez para todas, porque la
Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado
agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo mejor
ya se estaban empleando los dos, en cualesquier
cuneta.
Cuando alcancé a volver, seguía como si tal cosa
el bailongo.
Haciéndome el chiquito, me entreveré en el
montón, y vi que alguno de los nuestros había
rajado y que los norteros tangueaban junto con
los demás. Codazos y encontrones no había, pero
si recelo y decencia. La música parecia
dormilona, las mujeres que tangueaban con los
del Norte, no decían esta boca es mía.
Yo
esperaba algo, pero no lo que sucedió.
Ajuera oimos una mujer que lloraba y después la
voz que ya conocíamos, pero serena, casi
demasiado serena, como si ya no juera de
alguien, diciéndole:
Entrá, m'hijay luego otro llanto. Luego la voz
como si empezara a desesperarse.
¡;Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí,
perra! se abrió en eso la puerta tembleque, y
entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si
viniera arreándola alguno.
La
está mandando un ánima dijo el Inglés.
Un
muerto, amigo dijo entonces el Corralero. El
rostro era como de borracho. Entró, y en la
cancha que le abrimos todos, como antes, dió
unos pasos marcado alto, sin ver y se fue al
suelo de una vez, como poste. Uno de los que
vinieron con él, lo acostó de espaldas y le
acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios
lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que
traiba una herida juerte en el pecho; la sangre
le encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que
antes no le oservé, porque lo tapó la chalina.
Para la primera cura, una de las mujeres trujo
caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba
para esplicar. La Lujanera lo miraba como
perdida, con los brazos colgando. Todos estaban
preguntándose con la cara y ella consiguió
hablar. Dijo que luego de salir con el
Corralero, se jueron a un campito, y que en eso
cae un desconocido y lo llama como desesperado a
pelear y le infiere esa puñalada y que ella jura
que no sabe quién es y que no es Rosendo.
¿;Ouién le iba a creer?
El
hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no
le había temblado el pulso al que lo arregló. El
hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la
Julia había estao cebando unos mates y el mate
dió Ia vuelta redonda y volvío a mi mano, antes
que falleciera. "Tápenme la cara", dijo
despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el
orgullo y no iba a consentir que le curiosearan
los visajes de la agonía. Alguien le puso encima
el chambergo negro, que era de copa altísima. Se
murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el
pecho acostado dejó de subir y bajar, se
animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado
de los difuntos; era de los hombres de más
coraje que hubo en aquel entonces, dende la
Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto y
sin habla, le perdí el odio.
Para morir no se precisa más que estar vivo
dijo una del montón, y otra, pensativa también:
Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa
juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa
despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte
después.
Lo
mató la mujer.
Uno
le grito en la cara si era ella, y todos la
cercaron. Ya me olvidé que tenía que prudenciar
y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi
pelo el fiyingo. Sentí que muchos me miraban,
para no decir todos. Dije como con sorna:
Fijensén en las manos de esa mujer. ¿;Que pulso
ni que corazón va a tener para clavar una
puñalada?
Añadí, medio desganado de guapo:
¿;Quién iba a soñar que el finao, que asegún
dicen, era malo en su barrio, juera a concluir
de una manera tan bruta y en un lugar tan
enteramente muerto como éste, ande no pasa nada,
cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos
y queda para la escupida después?
El
cuero no le pidió biaba a ninguno.
En
eso iba creciendo en la soledá un ruido de
jinetes. Era la policía. Quien más, quien menos,
todos tendrían su razón para no buscar ese
trato, porque determinaron que lo mejor era
traspasar el muerto al arroyo. Recordarán
ustedes aquella ventana alargada por la que pasó
en un brillo el puñal. Por ahí paso después el
hombre de negro. Lo levantaron entre muchos y de
cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo
aligeraron esas manos y alguno le hachó un dedo
para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor,
que así se le animaban a un pobre dijunto
indefenso, después que lo arregló otro más
hombre. Un envión y el agua torrentosa y sufrida
se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si
le arrancaron las vísceras, porque preferí no
mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos.
La Lujanera aprovechó el apuro para salir.
Cuando echaron su vistazo los de la ley, el
baile estaba medio animado. El ciego del violín
le sabía sacar unas habaneras de las que ya no
se oyen. Ajuera estaba queriendo clariar. Unos
postes de ñandubay sobre una lomada estaban como
sueltos, porque los alambrados finitos no se
dejaban divisar tan temprano.
Yo me fui tranquilo a mi rancho, que estaba a
unas tres cuadras. Ardía en la ventana una
lucecita, que se apagó en seguida. De juro que
me apure a llegar, cuando me di cuenta.
Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo
corto y filoso que yo sabía cargar aquí, en el
chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué
otra revisada despacio, y estaba como nuevo,
inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre. |