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La mujer de otro
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Abelardo Castillo
Abelardo Castillo nace en la ciudad de Buenos Aires el
22 de marzo de 1935 y decide tomar como lugar de de
nacimiento la ciudad de San Pedro Provincia de Buenos
Aires.
Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a
terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta
noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una
casa de barrio, en Floresta, con un jardín al
frente, si es que se le puede llamar jardín a un
pequeño rectángulo enrejado en el que apenas
caben una rosa china y dos o tres canteros,
cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo
ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un
enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba.
El marido de Carolina me contó que lo había
comprado ella misma, un año atrás. Carolina
había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó
el automóvil esperando en la calle y entró en la
casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta
y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor
y de paso bajá el paquete con el enano.
-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no
pude notar ninguna doble intención en sus
palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no
contestarle la verdad a ese hombre triste y
afable. Le contesté que no estaba seguro de
haberla conocido mucho.
-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que
haya habido nadie que la conociera realmente.
-Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos,
no la conocí nunca.
Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora
estábamos sentados en la cocina de la casa y no
haría media hora que nos habíamos visto las
caras por primera vez. Carolina me lo había
nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si
esa casa con todo lo que había dentro, incluido
él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial
o alguna otra cosa a la que yo no debía tener
acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí
como mandado por una voluntad maligna y ajena.
Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta
noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo
echado de cualquier modo sobre los hombros. Le
dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario.
Hubiera podido jurar que mi visita no era lo
peor que podía pasarle.
-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no
esperaba a nadie.
Tenía la apariencia exacta de eso que había
dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.
Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a
decirle, sin saber siquiera si venía a decirle
algo. No tenía la menor excusa para estar en esa
casa a la diez de la noche. La situación era
incómoda y absurda, si es que no era algo peor.
-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un
minuto;
-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba;
pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por
qué cambiarse.
Sólo me faltó agregar que podía andar vestido
como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido
de Carolina había sido él y que ésta era su
casa. De todas maneras, yo no tenía ningún
interés en que se cambiara. Tal vez haría bien
en callarme lo que sigue, pero sentí que,
cualquier cosa que fuera lo que yo había venido
a buscar, me favorecía estar bien vestido,
frente a ese hombre en pantuflas y con un
sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al
llegar: ahora, las cosas habían variado
sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en
su cocina, junto a una antigua estufa de hierro,
confortablemente enfundado en su pijama, y yo me
sentía como un embajador de la Luna.
-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es
increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era
un modo de permanecer callado, de darse tiempo.
-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a
la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy
cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la
boca, como si jugara a ser la protagonista de
una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate
con cara de pensar.
-Usted se preguntará a qué vine.
-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y
siempre supe que algún día íbamos a
encontrarnos. -
Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya
que lo dice: a qué vino.
Quise sentir agresión o desafío en su voz. No
pude. La pregunta era una pregunta literal, sin
nada detrás.
O con demasiadas cosas, como aquello de la cara
de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y
amaba esa cara. La había visto al anochecer, en
alguna confitería apartada, mientras ella miraba
su fantasma en el vidrio de la ventana,
sorbiendo una pajita. La había visto de tarde,
en mí departamento, mientras ella mordía
pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno
de aquellos mapitas o planos de lugares y casas
en los que había vivido de chica, casas y
lugares que por alguna razón parecían estar más
allá de las palabras y de los que siempre
sospeché que jamás existieron, o no en las
historias que ella contaba. Bueno, sí, yo
también había mirado muchas veces esa cara
ausente y desprotegida, más desnuda que su
cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana,
mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez
debería estar agradecido por eso, sin embargo no
me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo
mismo más tarde, con la historia del enano.
El acababa de preguntarme a qué había venido.
-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité
agregar era deliberadamente malévola.
-Curiosidad - dije.
-Me doy cuenta -murmuró él.
No sé qué quiso decir, pero causaba toda la
impresión de que sí, de que en efecto se daba
cuenta.
Llegué a mi departamento después de la una de
mañana, lo que significa que estuve con él cerca
de tres horas, sin embargo no recuerdo más que
fragmentos de nuestra conversación, fragmentos
que en su mayor parte carecen de sentido.
Hablamos de política, de una noticia que traía
el diario de la noche, la noticia de un crimen.
Hablamos de la inclemencia del invierno en
Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que
casi no hablamos de Carolina.
En algún momento, él me preguntó si yo quería
ver unas fotos.
-Fotos -dije.
No pude dejar de sentir que esa proposición
encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de
casamiento, fotografías de Carolina en bikini,
fotografías de los dos riéndose o abrazados,
sabe Dios qué otro tipo de imágenes.
-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno
de esos gestos vagos que pueden significar
cualquier cosa.
-Es un poco tarde -dije.
-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-.
Hace mucho que no las miro.
Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché
la tregua para observar a mi alrededor. Intenté
imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en
puntas de pie, tratando de alcanzar una
cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo
como eso lo que yo había venido a buscar a esa
casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy
pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No
me dijeron nada. Eran algo así como mínimas
naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de
otra cocina. Cómo saber si ella los había
colgado, cómo saber si habían significado algo
el día que los eligió. Cuando él volvió a
entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre
el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que
me pareció tejido a mano.
Traía también una caja de cartón. Se sentó un
poco lejos de mí y me alcanzó la primera
fotografía:
Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían
ser una plaza o un parque. Descartó varias y me
alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a
un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más,
una de ellas con mucho detenimiento. Las puso
debajo del resto, en el fondo de la caja, y me
alcanzó otra. Carolina sola.
Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese
hombre no quería herirme.
-Ésta es linda -dijo.
Carolina, junto a un buzón, se reía.
-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse
así. Él me miró con algo parecido al
agradecimiento.
-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es
distinto.
-Usted no está en ninguna de las que me mostró
-le dije.
-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.
Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O
todo lo que sucedió esta noche.
Le dije que tenía que irme y él me acompañó
hasta la puerta de la entrada, no hasta la
verja. Fue en ese momento cuando me contó la
historia del enano. Después yo estaba
descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a
mi espalda.
-Era muy hermosa, ¿no es cierto?
Salí, cerré la verja y le contesté desde la
vereda.
-Sí -le dije-. Era muy hermosa.
Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí. |
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